Eran las cuatro de la tarde del lunes 30 de mayo y salí desde la pensión en dirección a la biblioteca central para retirar mi Tarjeta Nacional Estudiantil. Cuando llegué, me enteré que aún no estaba lista porque ya estuve antes en otra institución de educación superior y por lo tanto me la entregarían junto con los alumnos de cursos superiores en un par de semanas más. Mi tarjeta vencía al día siguiente. Vencida o no, quedé inmediatamente desocupado: clases no tenía porque los alumnos de mi facultad estaban en paro y casi la totalidad de mis compañeros de curso habían viajado hasta sus casas, no había mucho que hacer. Ya que me encontraba en la universidad, decidí ir a visitar mi facultad para enterarme y ver en terreno que tal estaba la situación. Conversé con algunos compañeros de curso que no viajaron y participaban de las asambleas, y me enteré que al paro le quedaban muchos días aún y por eso la gran mayoría optó por viajar. Entre quedarme en Concepción y viajar, opté por esta última alternativa.
Andaba sin mi laptop y ya había salido de la universidad, ir al terminal de buses a comprar pasajes iba a ser una pérdida de tiempo importante, por lo tanto entré al primer cibercafé que encontré y compré mis pasajes para esa misma noche. Mi bus saldría en dos horas más. Llegué justo a tiempo a la pensión para terminar de ordenar mi mochila, tomar once y salir rápidamente hacia el terminal. Lo bueno de este viaje es que por primera vez había logrado comprar pasaje en el primer asiento del segundo piso del bus, algo que siempre había querido pero jamás me había resultado. Viajar ahí fue una experiencia genial, pero no se la recomiendo a quienes deben realizar el trayecto Concepción-Cabrero de noche. Fue una noche de mucha neblina, lluvia y poca visibilidad en el camino, pero aún así llegué aproximadamente a las siete de la mañana a Puerto Montt.
Después de toda una noche de viaje, me bajé de un bus y me subí a otro mucho más chico, con destino a Fresia, la ciudad en la que vivo. En una hora y media ya estaba en mi casa y estuve conversando durante la mañana con mi nana de toda la vida, le ayudé a preparar el almuerzo y esperé a que mi mamá llegara de su trabajo para almorzar. Luego, más tarde, llegó mi hermano pequeño del colegio y en la noche llegó el vuelo de mi papá, que andaba en Santiago en algunas reuniones. Llamó cuando llegó al aeropuerto y en un par de horas ya estaba en la casa. Esa noche dormí tranquilo en mi cama, la cama que siempre extraño, me encuentre donde me encuentre.
Me levanté el miércoles primero de junio y llamé a mi hermana, con intenciones de visitarla, todo estaba bien y solamente debía conversar con mis padres contándoles de mi viaje. Después de explicarles la situación, accedieron a que vaya a visitarla. Terminé de almorzar y comencé una vez más a ordenar mi ropa y algunas cosas más en mi mochila. Esta vez era un viaje mucho más largo, esta vez era un viaje por mar y tierra hasta la Patagonia misma. Esta vez era un viaje genial.
A las cinco de la tarde de ese mismo día ya estaba en el terminal marítimo de Puerto Montt, la barcaza zarpaba a las siete. Primero fui a la oficina de Naviera Austral a retirar mi pasaje y luego salí a comprar unas cuantas cosas para sobrevivir en el camino. Ahí me despedí de mi papá que me fue a dejar. Mientras esperaba en la sala de embarque había gente mirando una película, por otro lado gente conversando y unos cuantos por ahí ya estaban durmiendo en los sillones. Se acercaba la hora de embarcarse y fui a entregar mi equipaje. Como a las seis y cuarto nos llamaron para chequear pasajes y luego abordar el bus que nos llevaría a través del puerto hasta la barcaza. Bajé del bus e inmediatamente subí a la “Mailen”, me acomodé en una butaca, dejé ordenadas mis cosas y salí a cubierta un momento a mirar mientras subían y acomodaban los últimos camiones. El reloj marcó las siete de la tarde y lentamente comenzó a alejarse la “Mailen” de la bahía de Puerto Montt, luego se vio la ciudad cada vez más chiquita, luego solamente las luces, luego la oscuridad total en medio del mar. A esa distancia uno puede apreciar claramente la contaminación lumínica de una ciudad como Puerto Montt. Ahí queda claro porque no siempre pueden verse las estrellas y solamente se ven las más brillantes.
Una vez alejados de la costa, con frío y de noche, se venía una misión difícil: Dormir. En cierto momento se prendió un monitor y comenzó una película, de esta forma pasarían las horas un poco más rápido. La primera película que exhibieron fue “S.W.A.T.” y todo iba bien, una típica historia con harta acción entremedio. Pero la segunda película fue un poco más complicada, por suerte no pusieron “The Perfect Storm” (La Tormenta Perfecta), pero fue una similar, que deja con los pelos de punta a cualquier persona en su casa. Ahora imaginen que íbamos navegando y trataba sobre la guardia costera, todo bien, el problema es que igual uno se inquieta con la cantidad de accidentes marítimos y rescates que aparecen. La película que vimos fue “The Guardian”. Al terminar la película, la inquietud se notaba en la cara de algunas personas. Ya pasado todo esto de la película, la barcaza hizo una parada en Ayacara y ahí se bajó una buena parte de la gente que iba a bordo. Con unas cuantas personas menos el espacio seguía siendo pequeño, dormir era complicado, pero igual alcancé a dormir algunas horas doblado sobre mi mochila. Desperté a las 6, cuando estaban haciendo las maniobras para atracar en el embarcadero de Chaitén, habíamos llegado a destino y había completado la primera parte del trayecto.
Yo tenía que ir hasta Futaleufú, y según averigüé antes de viajar solamente tenía que tomar un bus desde Chaitén que salía prácticamente a diario después de que llega la barcaza y estaría allá en un par de horas. Así, por las cosas de la vida llegué un jueves a Chaitén. Ahí mismo, apenas estuve en tierra firme me enteré que el jueves es el único día en que el bus no sale desde Chaitén a Futaleufú. Después conversé con un caballero que venía en la barcaza y me contó que una chica que venía en la barcaza (también estudiante de Periodismo) justo se había ido en un camión que pasó por ahí e iba hasta Futaleufú. Primer fail del día: Estaba botado en Chaitén a las seis y media de la mañana. A esa hora aún estaba completamente oscuro, por lo tanto esperé que aclarara un poco el día para bajar a Chaitén. En esa completa oscuridad solamente escuchaba el ruido de pajaritos por todos lados y veía las maniobras que hacían en la barcaza preparándose para salir en algunas horas hacia Puerto Montt. Como a las ocho ya estaba lo suficientemente claro como para caminar hasta Chaitén y me puse a buscar un lugar donde tomar desayuno. No había nada abierto. Llamé a mi hermana y le pregunté si sabía de alguno, fui según las indicaciones que me dio y llegué a un local que se llamaba “La Roca”, por el lado de atrás había n hombre picando leña y me dijo que me atendían inmediatamente. Segundo fail del día: Luego de esperar un poco me dijeron que no me podrían atender porque no tenían pan a esa hora. Seguí buscando y me encontré con un viejito bien maltraído, pero que me dio indicaciones de donde habían otros lugares, en el siguiente lugar al que fui, estaba la puerta abierta pero no atendió nadie y en un tercer local, que estaba ubicado al lado del Hotel Schilling frente a la costanera de Chaitén por fin me atendieron.
Aquí llegué con un caballero de apellido Quezada, con el que estuve haciendo hora. Él trabajaba en el Lago Yelcho y su empresa no había enviado aún una camioneta a buscarlo. Cuando entré al local, me senté en un sillón que estaba al fondo casi junto a la estufa. Descansando un poco, revisando y asegurando mis cosas apareció un viejito a hacer fuego. El viejito ponía astillas en la estufa, amuñaba papeles y rompía algunos trozos de cartón, aunque por su estado, no sabía si primero se romperían sus dedos o los cartones que tenía entre las manos, se veía que le costaba bastante. Alguien de ahí le ayudó y finalmente logró hacer fuego y se quedó sentado junto a la estufa. Por fin tomé desayuno, a eso de las nueve de la mañana. Cuando terminé, me paré y fui al baño. El problema estuvo a la hora de salir, ya que la manilla de adentro estaba quebrada y no había como agarrar la puerta para poder abrirla. Después de varios minutos, muchos intentos, forcejeo y un corte en el dedo logré salir del maldito baño. Tercer fail del día: Quedarme encerrado en un baño en Chaitén. Pagué el desayuno, tomé nuevamente todas mis cosas y salí hacia la costanera. Estuve tomando algunas fotografías y se veía aún la gigantesca fumarola del Volcán Chaitén, no estaba para nada de tranquilo y todo lo que emanaba se mezclaba con las nubes.
Pasados unos minutos nuevamente me llamó mi hermana, me dijo que un vehículo iba a dejar una colega suya al aeródromo Santa Bárbara me pasaría a buscar y que en ese podría llegar finalmente a Futaleufú. Pasados unos minutos me pasaron a buscar a la costanera,subí mis cosas a la camioneta y nos fuimos rumbo al aeródromo. Llegamos en unos minutos. En el tiempo que estuve ahí despegaron tres avionetas y aterrizó una. Están solamente a unos minutos de Puerto Montt por vía aérea, que es el modo más rápido de transporte que tienen ahí. Finalmente, en la avioneta que estaba esperando la persona que fueron a dejar llegó otra que estábamos esperando para volver y partimos rumbo hacia Futaleufú.
Hasta cierta parte el camino está pavimentado, pero de ahí lo están pavimentando y el camino está complicado con tanto desvío que hay. Por eso se ven casi puros vehículos todo terreno en esa zona. El camino, un camino bien peligroso para los que no conocen, pero el chofer con el que iba lo había recorrido tantas veces que igual nomas iba a toda velocidad. Los paisajes que se ven por ahí son hermosos, dan ganas de parar cada tres minutos a fotografiar todo. Los lagos, los ríos, las montañas, la vegetación, flora y fauna de esa zona hacen un llamado a que uno pare, a respirar el aire puro que uno tanto extraña en la ciudad.
A medida que avanzábamos iban apareciendo distintos paisajes de aguas cristalinas, llegado cierto punto vi un letrero que anunciaba que Coyhaique estaba solamente a unos cientos de kilómetros por ese mismo camino. Ahí recién vine a dimensionar donde realmente me había metido, que estaba en el principio del fin del mundo. Después de un par de horas y bordeando el río Futaleufú llegamos a ese pueblo chiquito a orillas de la montaña.
Llamé a mi hermana, por fin había llegado y la iba a ver después de un par de meses. Nos juntamos frente a la capilla y nos fuimos a su cabaña, almorcé y ella volvió a su trabajo. Mientras tanto yo salí a recorrer el pueblo. En menos de una hora ya lo había recorrido completo, me encantó la Laguna Espejo y el que todavía la gente se salude en la calle, que la gente deje sus portones abiertos y las bicicletas afuera sin temer de que se las roben. Había una tranquilidad increíble, de esa que ya no queda por todos lados. Fui a buscar a mi hermana a su trabajo, compramos algunas cosas para la once y estuvimos conversando hasta tarde. El primer día había finalizado bien después de tanto viaje.
El día siguiente era especial, era viernes y todos esperamos los viernes estemos donde estemos. Para ella, el viernes es el día que se despide del trabajo hasta el lunes y puede relajarse de tanta presión vivida en la semana. Ese día me levanté un poco tarde, el día después del viaje para llegar. Al almuerzo preparamos unos ravioles rellenos de ricotta con pesto que quedaron espectaculares. Después nuevamente se fue a su trabajo y yo nuevamente salí a recorrer Futaleufú, tomé unas cuantas fotografías más.
Cuando se acercaba la hora de salida de su trabajo salí a buscarla y cuando iba llegando escuché a lo lejos unos gritos de “¡Vecino! ¡Vecino!”, al principio pensé que le gritaban a otra persona, ya que aparte de mi hermana y sus compañeras de trabajo no conocía a nadie más ahí. Pero me di vuelta y miré bien, y el que gritaba desde la otra cuadra era un vecino mío, alguien que vive casi en frente de mi casa en Fresia. Curiosamente andaba trabajando por allá. Uno se encuentra gente conocida aunque esté en el más recóndito lugar del planeta. Fui a saludarlo y estuvimos conversando un rato.
Finalmente, después de haberme encontrado con el vecino, mi hermana salió de la reunión en la que andaba y nuevamente estaba libre hasta el lunes. Pasamos a comprar una piña para el carrete de la noche y pasamos a comer milanesas para la once. Comer milanesas es un ritual para mi, las he probado por todo Argentina y por todo Chile, y las de Futaleufú se ganaron un buen lugar en mi ranking, debe ser porque están solamente a unos minutos de Argentina y mezclan lo mejor de ambos paises.
Allá oscurece bien temprano y el agua fría deja las manos rojas de tan helada que es, uno puede atravesar la calle casi sin mirar, no hay estación de bencina, pero vi 2 Hummer H3 y también una especie de Night Club donde según me contaban, dicen que atienden unas negras colombianas. Llegó la hora de salir y fuimos a comprar, a pesar de ser una ciudad muy pequeña me sorprendió la variedad de alcohol existente en el pueblo. Prácticamente en todos lados tenían cerveza Corona, RedBull, Absolut y una variedad impresionante de cervezas artesanales, extranjeras y licores. Pienso que debe ser por la variedad de turistas que pasan por ahí. Al menos tengo claro que si vuelvo a carretear por allá, variedad hay de sobra.
En el primer carrete que estuvimos tomamos un Absolut Pears, que es uno de los que más me gusta (después del Absolut Raspberri). Aunque ese pequeño carrete, en realidad fue como la previa, donde una colega de mi hermana que tenía un perro llamado “Tofi” y que era bastante hiperactivo. Cuando salimos de ahí fuimos a comprar, para llegar al siguiente carrete y me encontré con la primera curiosidad, ya que con lo que compramos nos dieron una botella de hielo. Osea, cuando llegamos al segundo carrete, tuvimos que abrir la botella y picar el hielo para poder ponerlo en nuestros vasos. Entretenido picar hielo al estilo antiguo. En este segundo carrete había más gente, y lo pasamos excelente. Pura buena onda que duró lo que dura la noche. Terminado esto, volvimos a la cabaña ya que al día siguiente teníamos un buen desafío por delante.
Amaneció el sábado y hacía un frío impresionante, por lo que nos quedamos hasta tarde en la cama. Igual a esto contribuía la resaca por lo celebrado la noche anterior. Antes de levantarnos nos llamó mi papá contando lo que había sucedido con el volcán Puyehue. Originalmente yo iba a volver por Argentina en bus, pero luego decidí volver en barcaza nuevamente, al menos por ese lado me salvé, ya que sino hubiese tenido que reprogramar toda la vuelta de mi viaje ya que debido a la erupción del Volcán Puyehue habían cerrado la aduana en Cardenal Samoré por acumulación de ceniza en el camino. Una vez que nos levantamos preparamos el almuerzo, metí lo necesario en la mochila, documentos y salimos a buscar las bicicletas. La meta del día era llegar hasta Argentina en bicicleta y lo logramos, después de un par de horas y mucho pedalear. Igual, creo que hemos hecho una de las salidas más cortas del país que tengan registradas en la aduana, porque pasamos y volvimos al rato. El camino era genial, tenía hartas curvas y bajadas geniales, que cuando uno iba a toda velocidad se sentía ese viento frío que hacía lagrimear los ojos. Cuando pasamos de vuelta por la aduana nos contaron que San Carlos de Bariloche estaba cubierto de ceniza, la cosa se veía fea. Nos recordaba bastante lo sucedido con el Volcán Chaitén en el 2008. Seguimos con nuestro trayecto de vuelta en bici. Terminado todo esto y sacadas las fotos correspondientes volvimos a la cabaña y ordené mis cosas. Ya había llegado mi última noche ahí y al día siguiente debía partir temprano. El bus saldría a las seis de la mañana.
Me levanté como a las cinco a.m. y tomé desayuno, guardé las últimas cosas, me despedí de mi hermana y salí. Oficialmente comenzaba el trayecto de vuelta a casa. En el bus dormí, prácticamente hasta que llegamos a Chaitén, aparte, a esa hora aún no aclaraba, no se veía mucho y llovía. Recién cuando llegamos a Chaitén estaba claro. En el bus nuevamente venía mi vecino, también se iba a Fresia. Estuvimos ahí como a las diez de la mañana y la barcaza salía recién a la una de la tarde. Dejé mis cosas por ahí y nuevamente salí a recorrer para tomar unas cuantas fotografías más. A eso de las once y media de la mañana nos avisaron desde la barcaza que ya podíamos embarcarnos, fui a dejar mi equipaje y me acomodé en una fila de butacas de la “Don Baldo”.
El viaje de regreso estuvo genial, porque fue de día. Al menos en esta ocasión estaba nublado, pero en un día soleado debe ser un viaje espectacular. Pasamos junto a muchas montañas, caletas e islas. A medida que nos acercábamos al Seno de Reloncaví ya se podían divisar los volcanes Calbuco y Osorno, y a un costado se veía la gigantesca columna de ceniza del Volcán Puyehue. Nuevamente oscureció y por fin desembarcamos como a las ocho de la tarde en el puerto. Mi viaje había llegado a su fin y al día siguiente debía viajar a Concepción. Me pasé la mitad del viaje en cubierta sacando fotos, estaba un poco cansado. Pero lo comido y lo bailado…
Finalmente salí del terminal marítimo, mis viejos estaban esperándome en el auto. Nos fuimos y pasamos por Llanquihue para ver la tormenta eléctrica. Llegué a mi casa, tomé once y me metí en mi cama. Terminó uno de esos viajes que no se olvidan jamás.
















